
Cuando el suelo tiemble en pleno terremoto vital, aférrate a este consejo: no lo pases solo
Por Kate Silver | Fotografía de Juan Diego Reyes
Cuando Ethan, el esposo de Tia Coppus, falleció de cáncer, la invadió un desconcierto absoluto. Con tan solo 38 años, la sensación era la de haber perdido la mitad de su ser. Más tarde, oyó el silencio.
Corría el mes de octubre de 2021, y en los 19 meses anteriores, la única constante habían sido ellos dos —ella y Ethan—, aislados del mundo para protegerse de la COVID. Durante ese tiempo, había olvidado cómo estar sola. Y olvidó también cómo relacionarse con otros. Cuando una amiga la invitó a una cena de Rotary poco después del funeral, dudó. No se sentía capaz. «Pensaba para mis adentros: ‘No voy a saber qué hacer'», recuerda Coppus. «No he salido de casa desde marzo de 2020. ¿Y si no estoy bien?»
Rotary había sido una parte importante de la vida de Coppus desde 2014. De hecho, la primera reunión a la que asistió fue apenas unos meses después de que Ethan recibiera su diagnóstico y, a partir de ese momento, el Club Rotario de Cary-Kildaire, en Carolina del Norte, se convirtió en una vía de contención y desahogo muy especial para ella. Todos los jueves por la noche, se reunía con amigos y se reía. Mientras su esposo sobrellevaba los efectos secundarios de la quimioterapia y los ensayos clínicos, ella se sabía acompañada por los rotarios. Recaudaron fondos para que ambos pudieran hacer un viaje a Colorado —un destino con el que habían soñado desde siempre—, les llevaban comida y se mantenían en contacto. Incluso, durante la pandemia, les cantaron villancicos desde la calzada.
Se decidió a aceptar la invitación.
Ni bien llegó a la cena, comenzó a repartir abrazos a los nuevos socios y a sus amigos de siempre. Se reía de las historias que contaban. Hizo contacto visual con un hombre que hacía poco había enviudado. Y se dio cuenta de que no estaba sola. «El duelo se vive como la destrucción total de la vida y el sentido de normalidad. Una no sabe hacia dónde ir, por dónde empezar», reflexiona. «Rotary me mostró un camino posible».
El terremoto vital
El tipo de crisis por la que Coppus estaba atravesando tiene nombre y apellido. El autor Bruce Feiler llama a estos sobresaltos «terremotos vitales», dado que pueden estremecer a una persona hasta lo más profundo de su ser. «El daño que causan puede ser devastador, ocupan un lugar más alto en la escala de Richter de las consecuencias, y las réplicas pueden sentirse por años», escribe Feiler en su libro publicado en 2020, Transiciones.
Feiler, quien en su momento fue beneficiario de una beca de Rotary, se interesó en el tema después de transitar él mismo una serie de terremotos vitales: un diagnóstico de cáncer, dificultades financieras y un padre enfermo con tendencias suicidas. Viajó por todo Estados Unidos recopilando historias de personas de los 50 estados y se dispuso a analizarlas en busca de patrones. Estimó que lo esperable es que una persona tenga algún tipo de sobresalto, grande o pequeño, cada 12 a 18 meses, aproximadamente. «Eso es más seguido de lo que mucha gente va al dentista», observa.
Feiler atribuye esa frecuencia al hecho de que nuestra vida ya no es lineal. Antes, muchos de nosotros teníamos expectativas que no suponían demasiadas complicaciones: un trabajo, una pareja, un sistema de creencias políticas, una identidad. Sin embargo, la vida moderna está llena de giros y, a menudo, se caracteriza por una multiplicidad de trabajos, parejas, sistemas de creencias políticas en constante evolución e identidades fluidas.
La mayoría de los cambios que nos sobrevienen los superamos airosamente, pero unos pocos alcanzan la categoría de terremotos vitales. En promedio, Feiler calcula que los adultos vivencian entre tres y cinco terremotos vitales trascendentales, cada uno de los cuales dura unos cinco años. «Pensamos que lo normal es la estabilidad, pero, en realidad, los momentos de transición son igual de normales».
Aprender a pilotear cambios así es indispensable. Ante un terremoto vital, el primer paso, y el más importante, según Feiler, es decidir que uno tiene intenciones, de hecho, de transitar el cambio. En ese momento, el apoyo de una comunidad puede ser determinante. «No lo transites solo», dice Feiler.
En un grupo activo, ya sea una iglesia, un grupo de apoyo o una organización de servicio, uno puede compartir su historia, conocer a otros que han vivido transiciones similares y ser parte de algo más grande que uno mismo.
Feiler estima que la mitad de los adultos a nuestro alrededor están transitando algún tipo de cambio en un momento dado, y al resto no le falta mucho para transitar el propio. Teniendo en cuenta lo anterior, nos pusimos en contacto con algunos socios de Rotary y les preguntamos por aquellos acontecimientos que les cambiaron la vida radicalmente. En cada historia que nos contaron, el puntapié inicial era siempre un revés inesperado: una muerte, un divorcio, una jubilación, cuestionamientos de identidad. Mientras escribían su próximo capítulo, estas personas encontraron un sentido de comunidad, propósito, esperanza, identidad y determinación: todo ello, con el apoyo de sus clubes.
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